AREOLibros

 Casa Desolada.

Nueva edición del clásico de Dickens con una presentación elegante y cuidada a cargo de Valdemar. La edición incluye multitud de notas del traductor para quien se interese por conocer los referentes sociales y de constumbres del contexto histórico en el que transcurre la novela.

AREOComics

 En busca del tiempo perdido. A la sombra de las muchachas en flor.

Segunda entrega de la adaptación gráfica de la novela de Marcel Proust, con un dibujo estilo Hergé que recrea cuidadosamente el entorno precido y evocador en el que transcurre la novela.

AREOMusica

 The Show.

Lenka es una cantautora pop australiana que ha participado con sus canciones en bandas sonoras de series de máxima audiencia en EEUU como Anatomía de Grey o Betty, y que ha reunido en este album debut.

En el dique PDF Imprimir E-mail
Escrito por Muchasuertebarro   
Lunes, 12 de Marzo de 2007 13:09

Tú has cruzado por delante de un montón de escombros como si estuvieses paseando por la séptima avenida de Nueva York. Tú estás aquí, en este arrabal que huele a legumbres cocidas, en el que los perros han cagado todas las esquinas, para que los ciegos vayamos llenándonos las suelas de esa suerte enmierdada, que consiste en no morirse ya. Tú también has venido desde lejos en busca de un porvenir. Así que le has puesto un precio a tu carne joven mientras sea joven. No eres tú la primera ni la más joven, como podrás imaginarte. En otros puertos pagué los abrazos de niñas, que eran pajaritos asustados con extraordinarias habilidades para darte un placer del que era muy difícil abstraerse. Sólo quien era muy puro no acudía a los burdeles y nunca conocí a ningún marinero que los evitase. En ellos trabé amistad con panaderos, con jueces, con clérigos, con asesinos y jugadores. Y ahora apareces tú, como si en esa visión fugaz que me has dado, me trajeses un álbum de recuerdos lleno de imágenes turbias. Yo era un hombre atento con las golfillas y ellas, cuando mi barco atracaba en un puerto, le preguntaban por mí a los otros marineros. Seguro que piensas que soy un viejo carcamal. Tienes razón. Lo soy. Pero también soy quien hace posible que tú salgas de estas callejuelas sucias y húmedas como una goleta. Escaparás de aquí si no te conviertes en yonqui como muchas. Nunca te acordarás de mí, puesto que quizás no me has visto, a no ser que yo haga algo para evitarlo.

Decidle que quiero pasar una noche con ella. No es una originalidad. Ya lo sé. A los carcamales nos da por las niñas. Decidle que le ponga precio e indicadle quién soy. Hacía años que no me daba un baño y el barbero ha hecho un trabajo concienzudo. Solo quiero estar con ella una noche. No creo que te olvides de mí. Mi dinero vale como el de todos. La taberna se ha llenado de rumores.
-¿Qué le he entrado al viejo a estas alturas?
-Abuelo, si a ti ya no se te levanta.
-Pareces un pimpollo.
-Dejadlo en paz -tercia la tabernera, intrigada por mi decisión.
-El viejo quiere lanzar el último cohete.

Te he seguido no con las piernas, que no me responden, arponeadas por la artritis, sino con los ojos nublados de mi ilusión. La que había estado aletargada todos estos años, sepultada bajo la miseria, el olvido y cierto desconsuelo callado. Voy tras tus pasos cuando sales del arrabal y buscas peces gordos. Te montas en coches flamantes. Entras por una puerta sonriente como el sol sobre el océano y sales por otra con el billete bien agarrado entre tu escasa ropa. Trabajas concienzudamente y no rechazas a nadie. No me torturo. De sobra sé lo que es la vida. Nadie se ha acercado tanto a tu corazón como yo. Nadie de aquí, quiero decir. Porque allá lejos, en el país de las estepas, quedó muerto de frío un muchachito al que nunca le hiciste mucho caso. Si se imagina lo que haces en el extranjero, él si puede atormentarse. Los capítulos de la vida tienen un orden. A mí me tocó en su momento sufrir, pero ya no lo hago, porque si no, de qué todos estos años en el dique, copa en ristre.

Ellos pensaban que el viejo borrachín era eso, lo que veían, un saco de mierda amontonada en la mesa de una taberna. Ellos ya tenían muy claro el orden del mundo. Ellos también te miraban, cuando tú cruzabas por delante de la terraza, como si vinieses del confín del mundo con las bodegas cargadas de tesoros, aunque sólo regresases de la ciudad, del parque en el que te ofrecías entre otras doscientas muchachas. Y a ellos el deseo también les abría una vía de agua en la bodega. Pero ellos eran mucho más cobardes que yo, y sobre todo, no habían empezado el último capítulo. Ellos te buscaban en los callejones y tú les aceptabas, a veces, no siempre, las monedas que no alcanzaban la tarifa que aplicabas fuera del barrio.
-Nada más que verte desnuda.
-¿Puedo tocarte?
Tú unas veces consentías, otras te cerrabas el vestido y te marchabas. Aquellos ancianos hacían lo mismo que los chicos de tu pueblo. Tú ibas llenando un cofre, que nadie sabía dónde ocultabas. El tesoro con el que comprarías tu libertad, si conseguías no ser otra yonqui, como las muchas que habían empezado así.

Te encierras en casa de madrugada y duermes hasta pasado el mediodía. Yo ya fumo una pipa al sol. Me has mirado. Ya te habrán hecho la propuesta.
-El viejo te paga lo que tú le pidas.
Ya jamás te olvidarás de mí. Sabes que te observo y también sabes que casi no puedo verte, que estás dentro de mi fantasía. Has vuelto con la compra en la cesta y has hecho un gesto altivo, de desprecio.
-Pídele lo que quieras.
-¿Pero ese viejo tiene algo más que una camisa mugrienta?
He sacado el traje de un baúl y lo he oreado. Aquí estoy, con una corbata negra, como si estuviese listo para ir a un entierro o a una verbena.
-El viejo se ha engalanado para ti -te han dicho.
No hacía algo parecido desde hace más de cuarenta años. Has vuelto a salir para verme. Si he de acostarme junto a ti, aquí tengo un frasco entero con agua de colonia. Te he sonreído para que me vieras los dientes cepillados.
-Lo tengo que pensar -me dicen que has dicho.
El corazón golpea con fuerza contra mi pecho seco como una hoja de bacalao. Cómo serás bajo la luz atenuada, entre las sombras, cómo serán tus movimientos y cómo me hablarás con un susurro. No he hecho ningún tipo de aclaración sobre lo que quiero hacer contigo. Si aceptas es para que estés dispuesta a todo. Pero evidentemente quiero algo menos. Me conformo con verte dormir. Con oírte respirar. Hoy por lo pronto te acuestas pensando en mí. El viejo pervertido, el sucio marinero, seguro que tiene un cofre lleno de monedas de oro. Un tesoro con el que podría escapar lejos de esta sucia calle. No te equivoques, solo cuento con un par de pagas ahorradas, lo que a lo mejor ganas tú en un par de noches en la calle.
-El viejo dice que te dará cien, que es todo lo que ha conseguido.
-El viejo está obsesionado contigo, niña. Deja que cumpla su capricho y te dejará en paz.
-Yo no pertenezco a los servicios sociales -has dicho.
No, desde luego. Tú decides. Pasas por la tarde por la puerta de la terraza y me miras con descaro. Te detienes, me estudias.
-Es usted un enfermo, a su edad, vergüenza le debería dar.
Apenas un rastro de acento en tus palabras.
Sonrío y me ves sonreír. He sonreído por primera vez después de mucho tiempo, puedes creerme.

Desde que me has hablado estoy más cerca de ti, te conozco mejor y sé que vas a aceptar acostarte conmigo. Porque siempre se me han dado bien las mujeres. No sales jamás de mi cabeza. No dejo de imaginar nuestro encuentro en la penumbra de mi cuarto. Hay media calle movilizada para dejar la casa limpia como las patenas. He contratado barrenderas, limpiadoras, planchadoras. Me han puesto unas sábanas de hilo en el colchón. Estaban en un arcón lleno de ropa que no había vuelto a abrir desde que ella se marchó. Ella se fue y lo dejó todo atrás. A mí, su ropa, a su hija. Tuvo que ser muy fuerte lo que sintió por él. Han tenido que pasar todos estos años para poder decirlo así de sencillo. Ya llevan bastantes años criando malvas los dos. Ese capítulo fue jodido. Luego la niña se me quedó dormidita en los brazos y no volvió a despertar. No era todavía una mocita, diez años tenía. Y me quedé solo. Con recuerdos. Tú no sabes nada de esto ni tienes por qué saberlo. Quién se acuerda. Sólo yo. Pero ya lo he olvidado de nuevo. La casa vuelve a estar ventilada y le entra luz. Has subido la pendiente hasta aquí para verla.
-¿ Dónde vive el viejo?
-Arriba, por encima del callejón del Silencio.

-Doscientos -has dicho.
Yo solo tengo cien, las dos pagas juntas en una cartilla de ahorros.
-Doscientos, si quiere que me acueste con él.
Lo he vendido todo. Los armarios estaban llenos de cosas que llevaban años encerradas en ellos.
He metido el fajo de billetes en un sobre que dejaré sobre la mesa. Cógelo tú cuando lo creas más oportuno.
Esperaré.

Oigo tus pasos calle arriba, tu ahogo, y me imagino un falucho entrando en la dársena del puerto. Hay quien se gana la vida con independencia, sin bandera. Yo estoy sentado. Nunca me has visto de pie. La cancela cede en sus goznes herrumbrosos, cuando la empujas, y ante los golpes convenidos la puerta de la casa te deja el paso libre.
Estás aquí. Por fin estás aquí. Miras el abultado fajo de billetes. Te hago una señal, asientes y lo coges. Listo. Ahora tú y yo. El viejo y la muchacha. No soy el primer viejo ni tú la primera muchacha.

-¿Quieres que me levante las faldas? -me has tuteado, qué maravilla.
-Bueno.
He encendido todas las estufas de la casa para que no pases frío.
Se me ha encogido el corazón, niña. Lo tengo ahora mismito como una cáscara de nuez en mitad del océano.
Te pregunto si quieres que cenemos ya.
-Perfecto -me dices con un leve acento.
Me levanto apoyado en un bastón y te muestro el camino hacia la mesa dispuesta. Sirvo dos copas de vino.
-Por la belleza -digo.
-Chin-chin -me contestas.
Tienes apetito y comes con ganas, bebes vino y sonríes mirando inquieta alrededor, puesto que la casa se ha sumido en la oscuridad. Una única lámpara no ilumina otra cosa que no seamos nosotros dos o las viandas. Después de cenar me acerco renqueante a ti. Estás achispada y te muestras fácil.
-Vamonos a la alcoba -te digo.

-¿Qué quieres que te haga? - me preguntas.
La tentación es grande, por supuesto, aunque viejo no he dejado de ser un hombre. Todos estos años me he aliviado en soledad. Ahora te tengo tan cerca y tan dispuesta que podrías hacerlo tú por mí. No te voy a decir que no lo he pensado. Eso y muchas variantes del placer que conocí en tiempos. Pero sólo quiero tenerte cerca, oírte respirar, ver cómo se hincha tu pecho, aspirar el olor que emana tu cuerpo durante la relajación nocturna. Quiero llenar mi corazón de amor. Del amor aquel que perdí hace cuarenta años por una de esas jugadas de la vida en un capítulo difícil.
-Quiero que te acuestes a mi lado de cara a la pared.
-Si quieres penetrarme, deja que coja mi bolso -me has dicho.
Me has halagado y me has excitado, pero no tengo intención de tal cosa.
-Sólo quiero que durmamos juntos.
Has echado la mano hacia atrás y te has agarrado a mi erección como si llevases el timón de una nave.
-¿Seguro que con eso te conformas?
-No te vayas a creer que es poco -te he dicho.
Luego ha sido todo mucho más fácil. Te has quedado dormida y a mí se me ha ido aflojando.

Respiras como una sirena, sueñas aferrada al fajo de billetes. Hueles como una novia. Cuando despiertes verás que el viejo marinero ya se ha ido. Todos los amantes son ingratos, por qué no iba a serlo también este viejo truhán. Con su artritis descenderá calle abajo y, lleno de esperanza en el porvenir, buscará un rincón en ese cementerio marino al que desde hace años se dirige. Siempre te acordarás de él.

Última actualización el Lunes, 12 de Marzo de 2007 17:19