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 Casa Desolada.

Nueva edición del clásico de Dickens con una presentación elegante y cuidada a cargo de Valdemar. La edición incluye multitud de notas del traductor para quien se interese por conocer los referentes sociales y de constumbres del contexto histórico en el que transcurre la novela.

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 En busca del tiempo perdido. A la sombra de las muchachas en flor.

Segunda entrega de la adaptación gráfica de la novela de Marcel Proust, con un dibujo estilo Hergé que recrea cuidadosamente el entorno precido y evocador en el que transcurre la novela.

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 The Show.

Lenka es una cantautora pop australiana que ha participado con sus canciones en bandas sonoras de series de máxima audiencia en EEUU como Anatomía de Grey o Betty, y que ha reunido en este album debut.

El desconocido - III PDF Imprimir E-mail
Escrito por ferdinand   
Jueves, 15 de Marzo de 2007 12:03
 
Decidí afeitarme, antes de nada, y anduve entrevistándome a mí mismo mientras intentaba dotar a mi cara de una presencia más agradable. Llegué a la conclusión de que seguía siendo muy eficiente para la construcción de excusas, pero la sola idea de tener que dar alguna clase de explicación a alguien, cara a cara, me espantaba. Me sequé la cara con una toalla rancia y por primera vez en toda mi vida me sentí viejo al verme reflejado en el espejo estampado con manchitas de cal.
Contra toda la lógica de la que hubiera podido hacer acopio desde el acto físico de poner los pies en el suelo aquella mañana, me descubrí yendo al trabajo a patita. Pesaba más en mí la necesidad de ventilar un poco la chola, que la simple y pura honradez del que ha bajado los brazos ante la vida definitivamente. Ése no-querer-aceptar  hace tanto daño en exceso como no consumido. Necesitaba poder ver bien, en toda su dimensión, la estupidez que había dejado depositarse en mí. Por lo tanto, no podía hacer tal ejercicio de introspección humorística dentro de un vehículo; y mi buen juicio me hizo echar a andar sin siquiera percatarme de ello.
Por el camino abundé en este tipo de consideraciones inútiles, concentrándome en las decisiones y los actos del pasado; sobre todo en los desastrosos, por afinar la búsqueda. Después de darle muchas vueltas encontré una maravillosa definición para mi principal problema: el presente era demasiado para mí, y el futuro una cosa tan lejana e incierta que no merecía la pena dedicarle ninguna clase de energía. Evidentemente, quedé encantado con la precisión  de mi análisis, y casi trotaba de felicidad, como un jamelgo recién desvirgado, cuando llegué a la puerta del edificio donde trabajaba.

En el ascensor empecé mi enésima representación teatral. Me puse a mascullar tacos y traté de parecer excitado. “Por poquito, joder”, “Que me había visto, el cabrón”. Por fortuna, no había nadie de la oficina que me acompañara en el viaje ascendente, pues si bien la mayoría de los ocupantes del ascensor no se tomaba ninguna molestia en atender a mi actuación, hubo un sector de empleados de baja estofa que cuchicheó abiertamente entre risitas y miraditas despreciativas. “¡Si casi nos matamos!”, intenté en última instancia, apelando a la poca vergüenza que me quedaba ya.

-   Por favor, cállese ya – me espetó un repartidor de correspondencia bien entrado en años- No es a nosotros a quienes tiene que dar explicaciones- añadió sin asomo de broma- Así que deje de hacer el ridículo.
-   ¿Pero qué está diciendo usted?- me ofendí- ¡Es una verdadera suerte que pueda estar contándole esto ahora! Haga el favor de dejarme en paz.

El viejo retrocedió, cabeceando un poco y la intensidad del coro de risas aumentó. Para cuando, finalmente, la puerta del cajón metálico se abrió, había recuperado un poco la compostura, por lo que me introduje en la oficina sin más dilaciones.
La jornada laboral acababa de comenzar, y esa incierta sensación de actividad que reinaba por los pasillos se alió conmigo para permitirme llegar a mi despacho sin llamar la atención. Al sentarme tras el escritorio tuve un ataque de pulcritud y decoro; rápidamente ordené los papeles por categorías, agrupé con sentido práctico el material de escritura, encendí el ordenador y descongestioné un poco el panel de avisos (¡había notas adhesivas con dataciones históricas!). También dispuse algunos asuntos pendientes de tal manera que, al ser invadido mi espacio laboral, se tuviera la impresión de que me encontraba inmerso en una charca de actividad.
En la hora siguiente no tuve ninguna visita inoportuna, y hasta me animé a redactar unas notas y rellenar unos cuestionarios relativos al funcionamiento general de la oficina. Los jefazos nunca daban la espalda a la salud del negocio, no eran muy amigos de perder ganancias de cualquier manera. Productividad y eficiencia eran las palabras más empleadas por los supervisores de personal. Y aunque me ocupaba bien de disimularlo, esos conceptos no casaban muy bien con mis planteamientos vitales. Cuando no se tienen objetivos los conceptos bailotean como el humo de un cigarrillo, se vuelven intrascendentes y empiezan a provocar la enfermedad… “¿Cuánta pasta se hará la empresa cada mes?.....Las cifras reales”, me dije tratando de contener las primeras ganas de fumar del día.
A la hora del almuerzo me encontraba de tan buen humor que no me dirigí, como hacía habitualmente, al restaurante de menú barato donde solía comer todos los días laborables (e incluso algunos fines de semana de últimos de mes). Una mañana de trabajo como aquella merecía un reconocimiento público, tal cual esos momentos que suelen aparecer en las películas americanas modernas, donde el respetable jalea y celebra al protagonista de turno en vacuno agradecimiento por los servicios prestados.
Escogí una mesa desde la que pudiera contemplar el ir y venir de la gente y el tráfico. Pedí una cerveza con aceitunas para sentirme más cómodo, mientras comprobaba como la mayoría de mis compañeros de oficina se encontraban repartidos por el local, ya en la barra, ya en las mesas recién servidas. ¡Qué buen aspecto teníamos todos antes de disponernos a materializar en algo más o menos agradable la idiotez de dedicar parte de nuestro tiempo al enriquecimiento de unos tipos que jamás habíamos visto (ni veríamos) en toda nuestra miserable vida!
Calculé unos treinta y cinco euros, y despaché al camarero con las indicaciones justas para no poder rebasar en ningún momento esa cifra consumiendo bebidas alcohólicas. Comí despacio y bebí con mesura. No pedí postre y acompañé el café con un cigarrillo común, al par que trazaba mi plan para la tarde. Me imaginé haciendo cosas sencillas, como leer un libro en pijama o colocar los discos compactos de alguna manera coherente. Alguna actividad solitaria que durara más que una masturbación pero que deparase un disfrute no tan animal. “El hombre se deshumaniza a base de pajas”, me gustó cómo quedaba escrito sobre la servilleta raída y con restos de salsa.

-¡Ah! ¿Pero escribes y todo?
- ¿Qué? – dije volviendo en mí.- ¿Qué? - bueno, aún no había vuelto…

Era de mediana estatura. Cara bonita, caderas anchas, perfiles de sinuosidad variable…No la había visto en mi vida.

- ¿Tú no trabajas en la veintisiete?
- ¿Qué?...

Me conocía del edificio, entonces. Su pecho equilibrado apenas se dejaba notar bajo la chaqueta corta, de color gris, sobre un jersey de cuello vuelto de canalé negro. Piel blanca, mirada despierta y de color variable. Insistía.
- Sí, hombre…Aunque no se te suele ver por aquí.
- No…No…Hoy es que debe ser un día especial – logré, al fin, articular; y contento por la manera en que ella había hecho el último comentario, mostrando una neutralidad absoluta.
- ¿Y por eso escribes en la servilleta? Déjame ver qué pone.

Torpemente, trate de arrugar la tela y ponerla fuera de su alcance, pero al ver un dedo de carne blanca entre el jersey y la línea del pantalón de no-sé-qué oscuro me distraje lo suficiente como para que ella me arrebatara la presa sin demasiadas dificultades.

- A ver, a ver – dijo tomando ese aire de solemnidad que tomaría una escolar para leer una poesía en una fiesta de fin de curso – “El hombre se deshumaniza a base de pajas”. Y rompió a reír maravillosamente. Tanto que me extrañó acabar riendo con ella con absoluta naturalidad y sin sentir ninguna clase de rencor. –“El hombre se deshumaniza a base de pajas”- repitió ella, tratando de dominarse, pero volviendo a desternillarse conmigo. Su pelo moreno y liso se agitaba con suavidad, acompañando su agradable risa; y se fue colocando para acabar perfectamente descansado cuando su dueña, finalmente, pudo calmarse.

- Es un poco tonto eso que has escrito – dijo tranquilamente.
- ¿Qué?...¿No lo crees así?...- me gustaba.
- Es una tontería. Y cuando quieras te lo demuestro…Pero ahora tengo que marcharme. Aún queda mucho que hacer…..¡Nos vemos en la veintisiete! ¡Hasta otra!
- ¿Qué?.....

(continuará)