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 Casa Desolada.

Nueva edición del clásico de Dickens con una presentación elegante y cuidada a cargo de Valdemar. La edición incluye multitud de notas del traductor para quien se interese por conocer los referentes sociales y de constumbres del contexto histórico en el que transcurre la novela.

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 En busca del tiempo perdido. A la sombra de las muchachas en flor.

Segunda entrega de la adaptación gráfica de la novela de Marcel Proust, con un dibujo estilo Hergé que recrea cuidadosamente el entorno precido y evocador en el que transcurre la novela.

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 The Show.

Lenka es una cantautora pop australiana que ha participado con sus canciones en bandas sonoras de series de máxima audiencia en EEUU como Anatomía de Grey o Betty, y que ha reunido en este album debut.

El desconocido - IV PDF Imprimir E-mail
Escrito por ferdinand   
Viernes, 30 de Marzo de 2007 09:49
Volví a ver su blancura sobre el verdor, evoqué su risa…Y sin embargo decidí marcharme de allí lo antes posible. Quería disfrutar mejor de la situación en que me encontraba, seguir subiendo; no quería detenerme y echar un vistazo. Estaba seguro de que me marearía, agrandando mis territorios bamboleantes, haciéndome creer que me encontraba mucho más alto de donde estaba verdaderamente.
Eran casi las siete cuando salí al rumor de la calle, con paso decidido y una risa recién conocida atronando en mi cabeza. De repente me sentí muy cansado, de tal suerte que tuve que sentarme a descansar a mitad de camino, en un pequeño parquecillo que habían logrado estrujar entre unos bloques de pisos, sobre un banco de madera oscura, toscamente barnizada y ensamblada. Me entretuve en leer las inscripciones talladas con sentimiento y navajas, con uñas y deseos, mientras recuperaba el aliento. Según parecía, Juana era puta, porque Charly hacia unos meses se había enamorado de ella y, pasados los ratos de parquecillo, ya no le correspondía; cometiendo la tropelía, por añadidura, de ir a grabarle los cuernos en el mismo sitio donde antaño dejaba que le metiera mano. Otra tal Mary estaba por Chano, aunque no quedaba del todo claro, puesto que la inscripción había sido sajada y rehecha por lo menos tres veces, con aspecto cada vez más desesperado, como tembloroso de aristas.
Ya recuperado, me despedí del banco al modo que se despiden los conductores de sus autos en los anuncios de la televisión, y conseguí llegar a casa sin más sobresaltos.

“No hay lugar psicológicamente más seguro para un loco que su propia casa”, comenzaba la página del libro que estaba leyendo. Me ahuequé el pelo húmedo mientras pensaba que aquella frase me parecía un poco presuntuosa. ¿No debería estar más seguro un loco en los lugares en los que puede tener cerca gente dispuesta a ayudarle? Y si no era así, ¿qué diablos sucedía para que los sanatorios no estuviesen abarrotados de gente? Quizás el autor se refiriera a una seguridad ubicada más allá de lo meramente corpóreo, de la integridad física; más allá del concepto aceptado de salud mental (internacionalizado, saltándose a la torera el lenguaje)…Entonces sí que cobraba cierto sentido la afirmación. Quería decirse, en consecuencia, que había más locos a nuestro alrededor de los que pensábamos; y que todos ellos pasaban por normales porque vivían en casas, sin despertar los recelos de sus vecinos:  “Viven en una casa”, considerarían al echar una ojeada por la mirilla de la puerta hacia la entrada de la vivienda de enfrente. “Son como nosotros”….. Vamos. Que empezaba a darme cuenta de que lo que tenía que hacer era pensar en lo que me había pasado durante el almuerzo, y no perder el tiempo haciendo elucubraciones sobre frases más hermosas que ciertas.
Era indudable que la chica me había gustado mucho. Estaba seguro de no haberla visto nunca, pero me daba la impresión de que nuestro diálogo había sido tan agradable porque, de algún modo, ella no había hablado como si me desconociera del todo. Es más, lo había hecho de un modo en que me parecía que sabía mucho más de mí de lo que podría esperarse de una chica a la que uno no conoce absolutamente de nada. ¿O quizás fuera casual? ¿Era una mera impresión, una deformación? Si estaba loco, ¿debía quedarme en casa o correr al abrigo de un sanatorio?
Ni siquiera había tenido reflejos para, al menos, averiguar su nombre. Su solo estar había bastado para embobarme, pero no a la manera en que me embobaba Aarón (cuyo nombre acudió a mi mente demasiado temprano). Era un arrobamiento placentero el que ella me deparaba. No tenía miedo, me sentía seguro, como un oligofrénico bien custodiado y con la vestimenta perfumada con colonia para bebés. Cuando se marchó, yo no había sido capaz de decir nada, pero no me torturaba por ello. En presencia de Aarón, aquel encuentro hubiera sido una derrota sin paliativos. Sin su concurso, era una cómoda victoria, con tanto logrado de rebote, aprovechando el ímpetu del contrario. Y sin embargo allí estaba otra vez Aarón, recordándome la otra manera de hacer las cosas, con la fuerza de la seguridad.
Puse un cazo con agua en el fuego, con la esperanza de cocinar algo que me retuviera entre las paredes de mi casa. Sabía muy bien dónde quedaba la consulta del doctor Aarón. Pero no quería ir. Quería demostrarme (y demostrarle, aunque él no lo supiera en ese preciso instante) que era un hombre en proceso de recuperación para la vida cotidiana. Cuando el agua terminó de burbujear, despuntando los macarrones sobre su superficie blanquecina, había tomado una determinación. Giré un poco el plato que esperaba el calor de la pasta, y cuando tenía la vista fija en el vapor que se había condensado sobre la superficie metálica de la campana del extractor, fui yo el que se dio la vuelta rápidamente. El eco del plato que se había hecho trizas contra el solado oscuro de la cocina se solapó con el del portazo descomunal que di tras descolgar el abrigo y echarme a la calle en busca de lo que no quería.