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Niponofilia V - "La casa de las bellas durmientes", de Yasunari Kawabata PDF Imprimir E-mail
Escrito por Bic Cristal   
Sábado, 12 de Mayo de 2007 23:56

 

 

Kawabata nació en Osaka cuando acababa el siglo, en 1899. Quedó huérfano a los dos años, y antes de cumplir los quince el pobre hombre vio cómo iban muriendo sucesivamente su abuela, su hermana y su abuelo, lo que comprensiblemente le dejó algo tocado. Trabajó como periodista, aunque no tardó demasiado en atraer la atención del mundillo literario con sus cuentos cortos, especialmente con uno llamado “La bailarina de Izu”, que ha sido adaptado al cine un par de veces. Ya en ese cuento muestra una mezcla extraña de alegría y amargura que aparece constantemente en sus textos; no es casualidad que uno de sus libros más famosos y del que ya hablaremos aquí se llame “Lo bello y lo triste”.
 
Kawabata
Kawabata: la salsa agridulce de la literatura nipona 
  
Se juntó con un grupillo de escritores que reivindicaban el “neosensacionismo”: dar importancia a sentimientos y emociones sobre el realismo social que se llevaba en Japón en esa época. En 1968 se convirtió en el primer japonés ganador del Premio Nobel, para (disimulado) disgusto de su amigo del alma Yukio Mishima, que ya se veía declamando el discurso de aceptación en Suecia. Ambos acabaron suicidándose, por cierto, aunque donde Mishima optó por un espectacular seppuku con decapitación posterior, el más comedido Kawabata se limitó a abrir el gas en el momento en que la vida (tal vez por su edad y mala salud) se hizo difícil de sobrellevar.

La casa de las bellas durmientesEl argumento de “La casa de las bellas durmientes” se resume en pocas frases: un hombre llamado Eguchi, viejo aunque no decrépito, acude a una casa muy particular en donde hombres ancianos pasan la noche en compañía de hermosas jóvenes, narcotizadas de forma que no despierten en toda la noche. Hay una sola norma que deben cumplir (aunque en la era pre-Viagra tal vez no era necesario explicitarla): está estrictamente prohibido mantener relaciones sexuales con las durmientes. Son pues un tipo muy especial de mujeres las que ahí trabajan: prostitutas vírgenes (una mezcla que sin duda le hubiera encantado a Freud).

¿Para qué van allí los ancianos, entonces? Por muchos motivos, tantos como interpretaciones quiera aventurar el lector. Recordar las sensaciones que sentían en la juventud, buscar un simulacro de compañía, gozar de la contemplación de la belleza, la tentación de una última aventura, dejarse llevar por la nostalgia, dormir abrazado a un cuerpo suave, cálido y joven, un “juguete viviente”… Las bellas no pueden ver la decrepitud de los ancianos, con lo que éstos superan la timidez y tristeza que les causa enseñar su cuerpo. Los viejos miran, admiran, acarician, recuerdan y duermen. Algunos ven en la belleza durmiente un fervor incluso religioso, en el que buscan absolución por su pasado turbulento...

No serían hombres en paz con ellos mismos. Estarían entre los derrotados, o más bien entre las víctimas del terror. Mientras yacían contra la carne de muchachas desnudas que dormían un sueño provocado, en sus corazones habría algo más que temor a la muerte cercana y nostalgia de su juventud perdida. Podría haber también remordimiento, y la inquietud tan común en las familias de los prósperos. No tendrían ningún Buda ante quien arrodillarse. La muchacha desnuda no sabría nada, no abriría los ojos si uno de los ancianos la tomaba con fuerza en sus brazos, no derramaría lágrimas, no sollozaría ni siquiera gemiría. El anciano no necesitaría sentir vergüenza, los remordimientos y la tristeza podrían fluir libremente. ¿Y acaso no podría ser la propia «bella durmiente» una especie de Buda? Era de carne y hueso, y su piel joven y su fragancia podían significar el perdón para los tristes ancianos.

 Sin embargo, el Eguchi protagonista de la historia no se conforma con ésto, quizá por ser el menos estropeado por la edad de los ancianos que visitan la casa. Él quiere que la joven reaccione ante su presencia: despertarla, hablar con ella, conocerla… En sus momentos más oscuros, se le pasa por la cabeza lo fácil que sería abusar de su indefensión, violarla o incluso estrangularla. Y es que en esta historia el sueño, la muerte y el sexo van más o menos de la mano (¿no son los franceses quienes llaman al orgasmo le petite mort?). 

Eguchi duerme con cinco chicas diferentes a lo largo del relato. Acaricia su pelo, sus hombros, toca sus labios… Y cada vez, el olor de su piel  (a leche materna, rosas, camelias…) le trae una avalancha de recuerdos. Cada mujer evoca otras mujeres del pasado: su esposa, sus antiguas amantes, sus tres hijas de destino dispar... Mediante la descripción física de cada una de las chicas, de su forma de dormir y de los diferentes recuerdos que provoca a Eguchi, Kawabata consigue algo que parece imposible: dotar de personalidad propia a cinco personajes que ni reciben nombre ni aparecen conscientes en ningún momento del relato.
 
 
“La casa de las bellas durmientes” es un libro desasosegante, hermoso y muy, muy triste. Y es que al fin y al cabo y por mucha poesía que se le eche, el entorno es bastante sórdido, con los ancianos magreando a jovencitas inconscientes... El ambiente opresivo que se va creando es comparable (como apunta acertadamente Mishima en la introducción) al de un submarino hermético donde el aire fuera enrareciéndose poco a poco: el tono del relato va haciéndose progresivamente oscuro y en cierta forma aterrador a medida que avanzan las páginas y se acerca el final de la historia... Final por cierto duro, breve, seco y apropiado.

 Gabriel García Márquez (me niego en redondo a llamarle “Gabo”) ha sido siempre un gran admirador de Kawabata en general y de “La casa de las bellas durmientes” en particular. Como homenaje reconocido al libro de Kawabata escribió un cuento llamado “El avión de la bella durmiente” (que no he leído) y una novela corta llamada “Memoria de mis putas tristes” (que, por desgracia, sí he leído). No voy a comentar aquí este último libro, no exento de virtudes, pero mi impresión es que aparte de estar a años luz del original, va lastrado por un happy end absolutamente idiota que trata de presentar como una historia de amor lo que es una fábula hermosa, sórdida y lánguidamente cruel. Otros autores japoneses han usado “prostitutas del sueño” en sus historias con más o menos fortuna: ahora me viene a la cabeza Banana Yoshimoto en su libro de cuentos “Sueño profundo”, que pronto comentaré aquí, o Haruki Murakami en la "Crónica del pájaro que da cuerda al mundo"...

En “La casa de las bellas durmientes” hay contrastes muy marcados: belleza-decrepitud, juventud-vejez, actividad-indefensión... Un cóctel de lirismo, miedo a la muerte, belleza, sordidez, aislamiento, soledad, deseo, elegancia y nostalgia absolutamente precioso... Y absolutamente nipón.

 

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Última actualización el Domingo, 13 de Mayo de 2007 00:11