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Nueva edición del clásico de Dickens con una presentación elegante y cuidada a cargo de Valdemar. La edición incluye multitud de notas del traductor para quien se interese por conocer los referentes sociales y de constumbres del contexto histórico en el que transcurre la novela.

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Segunda entrega de la adaptación gráfica de la novela de Marcel Proust, con un dibujo estilo Hergé que recrea cuidadosamente el entorno precido y evocador en el que transcurre la novela.

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Lenka es una cantautora pop australiana que ha participado con sus canciones en bandas sonoras de series de máxima audiencia en EEUU como Anatomía de Grey o Betty, y que ha reunido en este album debut.

Sex and Alaska = Men in trees PDF Imprimir E-mail
Escrito por Laura   
Miércoles, 23 de Mayo de 2007 01:32

Y no se crean Ustedes que esta mención a Gira Peonza es gratuita y realizada con ánimo de alardear de extensos conocimientos fílmicos, de los que, dicho sea de paso, carezco por completo. Yo iba a la filmoteca fundamentalmente a ligar, y lo de las proyecciones lo consideré siempre como un inevitable “daño colateral”, el cual procuraba sobrellevar como mejor podía por la vía de dormirme.

Creo imprescindible resaltar este dato, por varias razones.  Por un lado, porque la conexión de Gira Peonza con Doctor en Alaska es obvia. No sólo porque Białystok (su lugar de nacimiento) está relativamente cerca de Alaska, sino porque en 1925, este Julio Verne de los Cárpatos aticipaba (léase con voz de NODO): “En un futuro próximo, el hombre podrá transmitir simultáneamente por radio, para el mundo entero, los hechos visibles y sonoros grabados por una radio-cámara”. El tiempo le dio la razón: poco después nace la televisión, y más tarde Doctor en Alaska, serie en la que, por otra parte, fijo que en algún momento se debatió con fruición entre los protagonistas la influencia de la conocidísima teoría del “cine-ojo” de Gira Peonza en la crisis de Guantánamo. Puede que hasta hubiese y todo una reunión vecinal convocada específicamente a tal fin.

Por otro lado, debo avisar de que Dziga Vertov significa “Gira Peonza”, porque temo que un internauta despistado me demande en el futuro por daños y perjuicios. Y es que si a algún incauto, después de leer esto, le da por bajarse de la mula (dudo mucho que hayan salido en dvd) las películas de Gira Peonza, ignorando que el que las firma decidió, sin duda en un momento aislado de lucidez, llamarse a sí mismo “Gira Peonza”, no va a entender una mierda: es éste uno de esos casos en los que saber nombre del autor resulta absolutamente necesario para comprender su obra, al igual que ocurre, por ejemplo, con las canciones de “RaPHael”.

En fin, volviendo al tema, los principales problemas de los que adolecía Doctor en Alaska como producto televisivo, eran la insultante fealdad y mal gusto en el vestir de los protagonistas, y la excesiva altura intelectual (igualmente insultante) de los guiones. Y es que, cuando de televisión se trata, no conviene confundir los términos: uno enciende la tele con el objeto de sumirse en la esquizofrenia, y partirse la caja un rato con los pobres desgraciados que van a operarse a “Cambio Radical”, para pasar a renglón seguido otro rato fantaseando con ser tan guapo y elegante como los espectaculares especimenes humanos que, chorrada va y chorrada viene, suelen protagonizar las series.

Y Doctor en Alaska defraudaba ampliamente estas más que legítimas expectativas. Allí te encontrabas con que había tanto indígena achaparrado y regordete que, de no ser por los horteras anoraks de colores chillones que portaban, adquiridos con toda probabilidad en el Wal Mart de la comarcal a Anchorage, aquello hubiera podido confundirse con un documental sobre Bolivia. Y en cuanto a los que no eran indígenas… por Dios, en qué cabeza cabe fichar a una actriz como Janine Turner, “los labios más rojos de Alaska”, y luego vestirla en el Alcampo y cortarle el pelo en una barbería de Chueca para lesbianas. Hay que ser cafre. Y lo que es aún peor: los guionistas te llamaban tonto a la cara todo el rato, y te calentaban la cabeza con elevadas discusiones sobre macroeconomía y arte, mantenidas entre un cholo con pinta de acabar de bajarse de su llama y una octogenaria dueña una tienda de ultramarinos.

Lo siento mucho, pero para ver a gente fea, vieja y mal vestida pontificando sobre temas de gran calado y trascendencia, uno se va a la filmoteca, que allí no te atacan a traición, que ya estás bien avisado de lo que vas a encontrarte, y de que eso que vas a encontrarte con toda probabilidad será un codroño infumable.

En cuanto a Sexo en Nueva York, bien es cierto que la serie nunca tuvo ninguna pretensión de intelectualidad, pero el “fallo” venía dado porque la numerosa población rural de los United States (y del mundo en general), difícilmente podía sentirse identificada con los problemones a los que esas cuatro heroínas, vestidas por Prada y calzadas por Manolo Blahnik, debían enfrentarse: que si me ha salido una pata de gallolínea de expresión, que si mi novio, que es top model, la tiene demasiado grande, que si, jo, Nube, qué fuerte, este año no me hacen socia del despacho porque mi jefe se ha enterado de que no soy lesbiana…

Alabado sea Dios, para resolver estas cuestiones y agradar tanto a rednecks como a urban fashion victims, seres en ambos casos televisivos, ha nacido Men in trees, una serie que, desechando la paja y centrándose en el grano, combina sabiamente lo mejor de Doctor en Alaska, esto es, los impresionantes paisajes, el hilo argumental culebronero de corte popular, y la tensión sexual; con lo mejor de Sexo en Nueva York, esto es, los atractivos actores (nótese que digo “actores”, no actrices), el fantástico vestuario y el cosmopolitismo de su neoyorquina protagonista. En resumen, Men in trees es la versión country de Sexo en Nueva York, y al mismo tiempo, la versión para chicas, gays y metrosexuales de Doctor en Alaska. Absténganse por tanto culturetas y hombresmuyhombres.

 

La protagonista (Marin Frist) está interpretada por Anne Heche, conocida más que por su trabajo como actriz, por su agitada vida privada, en la que ha ido siendo alternativamente lesbiana o heterosexual dependiendo de que el año de turno fuera par o impar. Saltó a la fama cuando se la relacionó sexo-afectivamente con Ellen DeGeneres, un callo malayo que cuenta con el dudoso mérito de haber sido nombrada la “persona más divertida de América” en el año 1982. Tras su ruptura con Ellen (quizá no es tan divertida), Anne se casó con un cámara de televisión, al que abandonó para liarse con Portia de Rossi, la rubia frígida de Ally McBeal, con quien se compró la mansión que previamente había pertenecido a Brad Pitt y Jennifer Aniston, en la que, a menos que Anne se haya vuelto nuevamente heterosexual, viven ambas en la actualidad. En realidad, la serie habría ganado bastante si se hubiese limitado a contar la sabrosa biografía de la actriz protagonista.

Pues bien, Marin Frist es una consejera sentimental, que ha alcanzado un gran éxito de público (al parecer, no de crítica) en el mundo de las publicaciones de autoayuda por escribir sesudos tratados con los apasionantes títulos de: “Tengo novio… ¡Y tú también puedes lograrlo!” (su primer éxito), y “Me caso… ¡Y tú también puedes lograrlo!” (su segundo éxito, y suponemos que consecuencia lógica del anterior). 

A punto de casarse y promocionando precisamente este segundo libro sobre el himeneo en ciernes, su editora la embarca para dar una charla en un pueblo de mala muerte en Alaska. Y según está en el avión, se le ocurre abrir el portátil, y para pasmo suyo se da de narices con unas fotos guarrillas de su prometido con una zorra. Este calificativo no me lo saco de la manga, es que la tipa se llama “Kiki”, y si eso no es un nombre de zorra que venga Dios y lo vea. Lo que ya no sé es si el nombre de marras es un acierto de los guionistas, cosa que será así si “Kiki” en inglés significa lo mismo que en español; o el fruto de una inteligente traducción, si es que en el original el nombre de esta mujer es otro que equivalga al “Kiki” cristiano.

Da igual, el caso es que al toparse con estos documentos gráficos, Marin se da cuenta de que ¡Oh!, ése no es su portátil, sino el de su [ex]novio, recibiendo el doble y cruento impacto informativo de que iba a casarse con un tío que no sólo es un cabrón, que total, sería lo de menos, ¿Quién no se ha casado alguna vez con un cabrón?, sino que además es tonto del culo, porque ya me diréis a qué clase de descerebrado puede ocurrírsele poner, poco menos que de salvapantallas y a escasos días de su boda, una foto suya dándose el palo con otra tía que, para más recochineo, se llama “Kiki”. Así que Marin, un tanto mohína por el “asunto Kiki”, aterriza en Cicely (digo en Elmo), despechada y blindado su despecho con la firme decisión de pasar para siempre de los hombres y de disfrutar de la soltería for ever and ever.

Con la buena suerte de que en Elmo la proporción hombre/mujer es de 10 a 1. Dándose la circunstancia adicional de que una extraña deriva de las leyes de Mendel ha producido el resultado de una población en la que el sexo masculino no sólo está hiper-representado, sino que además los hombres cumplen con tal rigor los cánones clásicos de belleza, que si Fidias levantara la cabeza, se mudaría allí ipso facto. La cosa llega al punto de que literalmente le comenta la camarera del Brick (digo del Chieftain) a Marin que “ligar aquí es como pescar peces en un barril”. Y se queda corta. A la vista del panorama no debería haber dicho “peces”, así en genérico, sino “merluzas de pincho de Celeiro a precio de Nochebuena”. Así que Marin, recibido este nuevo impacto informativo, y en total coherencia con la firme decisión que había adoptado sobre lo de prescindir de los hombres en su vida, se lía la manta a la cabeza en un “que le den por culo a Nueva York”, y se instala en Elmo indefinidamente.

En el fondo lo que le ocurre (además de que, a pesar de afirmar insistentemente lo contrario, quiere reponer cuanto antes la rana en que trocose su novio) es que no tiene narices para afrontar la promoción del libro “Me voy a casar… ¡Y tú también puedes lograrlo!”, luciendo simultáneamente una cornamenta que deja en mantillas a los caribúes. Que a ver con qué cara alguien con semejante papeleta (pública y notoria, por lo visto, que al final Nueva York es peor que un patio de vecinos) se presenta en el show de Oprah Winfrey y defiende frente a esa arpía delante de toda América que los consejos de su libro para cazar marido son lo más mejor.

Y para justificar esta cobardía se inventa la excusa, hay que reconocer que bien fundada, de que dicha cornamenta es prueba evidente de que hasta el momento ha estado escribiendo libros y dando consejos alegremente sobre un tema del que no tiene ni puta idea: los hombres. Y que habiendo por Elmo tanto varón (unos setenta, en concreto), podrá documentarse con un mínimo de rigor para su nuevo proyecto de libro. ¿Titulado quizá ”Me han puesto los cuernos… ¡Y tú también puedes lograrlo!”?? Y así comienza a interactuar con la población local. O sea, rompe a follar con los variados descendientes de Zeus que integran esta población local. Molestándose de paso en aclarar expresamente, todas y cada una de las veces que se empiltra con alguien, que eso del “aquí te pillo y aquí te mato” no es nada, pero NADA propio de ella, y que “no te vayas a creer que soy una putilla, que yo me he educado enfrente de los mejores colegios de Manhattan”. Para excusar su ligereza de cascos en alguna ocasión llega también a aducir que “es que estaba muy borracha”. En fin, los grandes clásicos que uno se encuentra en el folleteo parroquial de las señoritas bien de provincias. Pasen y vean:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Ay el vodka qué malo es!

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

Aunque también me haya tirado a  tu hermano, yo soy muy decente...

 

 

 

 

 

 

 

 

Mi novio me ha dejado y estoy taaaan hecha polvo... 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Si me abalancé ayer sobre tus perfectos pectorales fue por autocompasión (sic)...

 

 

 

Y así va discurriendo la serie, entremezclándose las historias de Marin y los demiurgos locales, con las historias igualmente romántico-folletinescas protagonizadas por la sección “épsilon” de Cicely-Elmo, siendo casi todos los personajes una especie de Némesis de los que te encontrabas en Doctor en Alaska.

 Como en Cicely, la vida social de Elmo se mueve en torno a dos puntos clave: la radio local (sí, en Elmo también hay una KBEAR) y el bar. En cuanto a la radio local, Marin encuentra una estupenda plataforma de “autopromoción” en el curro que le sale como locutora de esta cadena, la cual está dirigida por un tal Patrick Bachelor, claro opuesto de Chris Stevens.

 

 

 

 

 

 

  

Donde Chris era moreno, resulta que Patrick es rubio. Donde Chris era inteligente y culto, resulta que Patrick es un chico un poco lelo, cuya formación parece proceder exclusivamente de la lectura de los libros de autoayuda de Marin, a los cuales es adicto. Donde Chris era un ligón, Patrick es virgen, lo que no puede ser más lógico si se tiene en cuenta que los erráticos “consejos” de Marin constituyen su Biblia personal.

 

 

 

 

 Y a partir de ahí… resulta que Patrick también es el fruto de una relación adúltera, y que tiene un hermano que, vaya casualidad, al igual que el de Chris, es negro zaino; si bien Bernard era un “macho alpha”, digno representante del “black power”, mientras que el hermano de Patrick, George,  es una locaza de mucho cuidado, que se dedica al apasionante oficio de organizar campamentos de verano para niños gordos. O sea, negro, marica, y ex gordo ¿Se puede ser más loser? Observen la pinta del elemento en cuestión.

 

 

 

En cuanto al bar, el Chieftain es exactamente igual, que el Brick. En este caso los bartenders son Ben Jackson y Theresa, un matrimonio en el que él es súper bueno y está enamoradísimo de ella (ella no tanto de él, la verdad). La diferencia con Hollin y Shelly estriba en que Theresa no es una deficiente mental con el título de miss de un pueblo de la comarca, sino una… ejem… rockera (los tiempos cambian), mujer de mucho mundo, íntima de Jewel (quien aparece en un capítulo “amenazando” el Chieftain con uno de sus temazos), que aterrizó en Elmo por el motivo de estar algo cansada de andar por ahí de grupie con conocidas estrellas del rock (y cuando digo “rock”, léase “pop”). La razón de Ben para haber terminado poniendo copas y raciones de patatas fritas en ese tugurio es que en su vida anterior a Elmo fue un exitosísimo y riquísimo hombre de negocios, y sabido es que a los exitosos hombres de negocios les da por caer en este tipo de excentricidades con cierta frecuencia.

 

 

 

 

 

 

 Estos ligeros “retoques” también se observan en la pareja “top”. La neoyorquina verborreica es ella, y no él. En este caso “él” es Jack Slattery, quien en lugar de ser un médico de ciudad cuyo principal entretenimiento consiste en ponerle a todo el mundo la cabeza como un bombo con su insufrible incontinencia verbal, resulta ser un lugareño medio autista, que ocupa el cargo de veterinario-policía del pueblo. ¿Podríamos decir que es un “policía de mascotas”? No. No podemos porque Ace Ventura es un genio y Jack simplemente es un macizo. O un macizo simple.

 

 

 La profesión de Jack da muchísimo juego, ya que Marin tiene la excusa perfecta para llamarlo constantemente a intempestivas horas de la noche, alarmada ante la intrusión en su domicilio de algún peligrosísimo bicho (tipo mapache o mofeta). Él se ve forzado a acudir al rescate cual rayo, encontrándose con una Marin en general ataviada con sexys y minúsculos atuendos, cuyo uso en una región con el clima de Alaska debe calificarse como poco de imprudente. Las “imprudencias” de Marin (o es subnormal, o lo hace a propósito, siendo esto último lo más creíble ¿Habéis visto las fotos de Jack, no??) no hacen sino aumentar a lo largo de la serie. Por ejemplo en otra ocasión, a Marin no se le ocurre otra cosa que pararse a echar un cigarro en el puto medio de un lago helado, convenientemente situado al lado del puesto de observación ambiental de Jack. El hielo se quiebra bajo sus pies, de forma que Jack se ve obligado oootra vez, a “salvarla” de una muerte segura por hipotermia, y a despelotarse y meterse bajo la manta con ella para “reanimarla”. 

 

Todo esto da pie a una serie de escenas de “tensión sexual” que resultarían bastante ridículas si no fuera porque Jack reúne en su persona todo cuanto de bello y bueno existe en este mundo. Jack es nuestro amigo. Jack nos quiere. La sola presencia de Jack en la serie justificaría que la misma tuviese la extensión de un culebrón venezolano, ya que hace que los diálogos generalmente estúpidos que la caracterizan, suenen más melodiosos y afinados que un “Best of” del Orfeón Donostiarra. 

 

 

 Los copypastesparalelismos, no acaban ahí. ¿Os acordais de Marilyn, la enfermera indígena con sobrepeso y menos riesgo de angina de pecho del mundo debido a estar rellena, no con sangre, sino con horchata?? Este personaje encuentra su reverso tenebroso en Sara.

 Si bien es también indígena, no es enfermera, sino "proyecto de enfermera". En lo que se saca el diploma se dedica al noble arte de la prostitución, muy valorado en un pueblo compuesto por setenta tíosdioses, y diez mujeres. Por razones que uno no llega a comprender, abandona este lucrativo campo "free lance", sustituyendo esto de tirarse a buenorros ¡COBRANDO!!  por un curro a turnos a cambio del salario mínimo interprofesional limpiando flácidos culos de ancianos. ¿Un golpe en la cabeza cuando era pequeña? ¿Un guionista perniciosamente influenciado por A dos metros bajo tierra? Eso, nunca lo sabremos.

 

 

 

 

 

 

 

 

En fin, que cuando Dios tenga a bien que la serie se retransmita en alguna cadena española, no os la perdais. Me lo vais a agradecer (sí, vosotrAs) toda la vida.     

 

Última actualización el Domingo, 27 de Enero de 2008 12:31