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El cine negro, el género policíaco en el séptimo arte. PDF Imprimir E-mail
Escrito por Gonzalo Gala   
Martes, 12 de Febrero de 2008 16:37

John Huston tuvo la oportunidad de volver a cultivar este género en una de sus películas consideradas como menores, La jungla de asfalto, en donde una novicia Marylin Monroe hacía sus pinitos en el cine. Otros directores que dedicaron películas al cine negro fueron Anthony Mann, Max Nosseck o Roger Corman. En concreto, es digna de mención la película del último de los cineastas citados, un especialista del cine de terror y de Allan Poe, con el título Un cubo de sangre, como un ejemplo de su vertiente más humorística. E incluso Kubrick, dirigió uno de sus filmes desarrollados en ambientes próximos al cine negro, Atraco perfecto. Pero tendríamos que esperar a Robert Siodmak para que el cine de la femme fatale llegara a su punto más álgido, con películas como Criss Cross o Asesinos. En esta última, Burt Lancaster se enfrenta a una bella pero peligrosa Ava Gadner mientras que en Criss Cross, el actor repite su papel de víctima junto a Ivonne de Carlo y Tony Curtis.

Algunas de ellas se vieron perjudicadas por la censura del Código Hais, en concreto la versión más destacada del Cartero, aquella producida por la Metro, dirigida por Tay Garnett, con Lana Turner y John Garfield como protagonistas. Entre otras cosas, el Código Hais censuraba la presencia de sangre en pantalla y el componente erótico, ingredientes claves en cualquier línea argumental que se precie en este tipo de películas. La escena más erótica del film de Garnett era una panorámica de las piernas de la actriz en pantalón corto, mientras que Bob Rafelson filmó en otra versión una de las escenas más famosas de la historia del cine: la pasión, la ropa interior de la actriz y la pareja (Nicholson y Jessica Lange) se unen en una mesa de cocina.

 

“Tengo un cuerpo para el deseo y una mente para el negocio”. La cita que tomamos de Melanie Griffith (Armas de mujer) nos sirve para entender a estas Señoras negras: Mary Astor, en El Halcón Maltés; Claire Trevor, en Historia de un detective; Joan Bennet, La mujer del cuadro; Gene Tierny, en Laura; Lauren Bacall, en El sueño eterno; Marlene Dietrich, el Expreso de Shanghái o más actual, Nicole Kidman, en Todo por un sueño, de Gus van Sant, cogiendo de pardillo a un jovencito Joaquin Phoenix. Pero más apropiado sería decir: un cuerpo para el deseo y una mente para el crimen. Tomando una nueva aproximación a la cultura cinematográfica, estas Damas negras se acercaban, del mismo modo, a la visión del mundo del circo, según Max Ophüls, y en concreto al personaje de Lola Montes, tal y como sabemos de ella por el jefe de pista interpretado por Peter Ustinov: “Señoras y señores, ladiess and gentlemans, presencien al animal más peligroso que cualquier fiera de las que tenemos en nuestras jaulas, Lola Montes”.

  


Uno de los rasgos comunes de esta gran mayoría de Señoras Negras es su condición solitaria. El western, por ejemplo, hacía proceder en la mujer un modelo dirigido al ámbito doméstico, preocupada por el hogar, la familia y los hijos, mientras que la femme fatale se ve desarraigada del hombre, con quien sólo se asocia por razones nada altruistas: ella intenta someterle. Veremos, por tanto, a mujeres ociosas, bien atractivas, escotadas, con largas melenas onduladas y cigarrillos en los labios, cuyo empleo consiste en arrastrar al varón de turno a algún plan concebido para el crimen. Personajes mujeriegos e ingenuos, que esperaban caer en las redes de algún sueño, para convertirse pronto en pesadilla.

La contrapartida de estas “Damas negras” es el buscavidas por excelencia. Daniell Hammett, que había trabajado en la prestigiosa agencia de detectives de Chicago, Pickerton, llenó sus páginas de gánsteres convertidos en detectives, como el célebre James Spader (El Halcón Maltés), mientras que los personajes masculinos de Raimond Chandler, el otro gran pilar de la “literatura negra” se caracterizaban por sus turbias relaciones con mujeres, sobre todo por la experiencia personal del escritor con el sexo femenino. Luego vendrían algunas revistas y publicaciones periódicas, como Black Mask y Dime Detective Magazine, en donde escribieron los principales autores del género, lo que permitió popularizar los filmes del llamado cine negro. Pero de las obras de ambos escritores citados surgieron no sólo las más importantes adaptaciones cinematográficas de la novela policiaca, sino además las particularidades de sus personajes masculinos. Como se ve, al principio tenía una gran fuerza la figura del detective, influencia que parte de películas como El Halcón Maltes u otras anteriores, en donde existía una predilección por los personajes gansteriles; sin embargo, a partir de Perdición de Billy Wilder, los delincuentes no serían criminales profesionales, ni eran gánsteres ni pertenecían a bandas u organizaciones. Eran gente de la calle, personas normales, que eran arrastradas por la ambición y el deseo sexual.


Si la versión de Tay Garrnett del Cartero, dio con el modelo del personaje femenino, Perdición de Billy Wilder y Perversidad (Frizt Lang) darían con el arquetipo del antihéroe masculino. La película de la Metro era el típico filme de la productora. Demasiado lujo, demasiado perfecta, una Lana Turnar excesivamente elegante, como para que resultase creíble que ella estuviera casada con un propietario de gasolinera, que en ocasiones podía resultar hasta ruin y tosco. Pero las nuevas cintas del cine negro empezaron a mostrar entre los personajes masculinos a hombres mayores, apocados y con expresiones extravagantes, fumadores y bebedores que vestían de un modo particular, una chaqueta de tweed a cuadros, con parches de cuero en los codos, unos gastados pantalones grises y en ocasiones la típica gabardina. De ahí que los paradigmas de estos personajes fueran Humphry Bogart, Glenn Ford y Edward G. Robinson.

No siempre estas Señoras Negras lograban su objetivo. Y nadie mejor que Paul Newman supo rechazar a una serpiente de cuerpo cañón, necesitada de adulación, como hizo su personaje de Harper, investigador privado (Jack Smigth): “Tiene usted una forma de empezar las conversaciones que les pone término, su peor defecto son sus coqueteos”. Toda una muestra de ironía del guionista William Goldman, con mirada displicente y mascando chicle.

Según esta propuesta, las primeras películas de los años treinta se centraban en algunos aspectos de los gánsteres más célebres, en títulos como La ley del hampa (Joseph von Sternberg), Enemigo público (William Wellmam) y El precio del poder (Howard Hakws), que estaban siendo protagonizadas por actores como Paul Muni y James Cagney. Sin embargo, en los años cuarenta, se produjo un cambio significativo en los argumentos de estas historias, sobre todo porque en Hollywood empezó a cernirse la cara oscura de la vida. La realidad político-social, y principalmente la Segunda Guerra Mundial, había hecho perder el gusto por las comedias disparatas, llamadas screwball, que imperaron en los años treinta, para presentar las caras marcadas de unos personajes cínicos y duros, unos diálogos del mismo tipo y la iluminación claroscura propia del expresionismo alemán, en la década siguiente. La influencia técnica de Murnau y Lang en este cine norteamericano era consecuencia de la abundancia de cineastas centroeuropeos que emigraron a EEUU, en las vísperas del nazismo, es decir, procedentes de la UFA, la principal industria cinematográfica alemana, y exportaron un estilo visual que se estaba caracterizando por tomas largas que presentaban rostros con una iluminación estridente, la fotografía angular y la profundidad de campo, y el rodaje nocturno para mostrar la distorsión psicológica de las personajes.

E igualmente se trata de un género en el que encontramos una infinidad de elementos, según los distintos artífices, aunque en esencia conserve este esquema descrito. Así, cine negro también aparece en algunos de los relatos de Graham Greene, que luego fueron adaptadas al celuloide, como el famoso El tercer hombre (Carol Reed) con el cinismo en el personaje de Harry Lime (Orson Welles) en una de sus interpretaciones más brillantes, pero también en otros títulos menos conocidos del escritor como El cuervo, llevada a la gran pantalla en los años cuarenta, y protagonizada por un asesino a sueldo, Phillip Raven, que decidió tomar como rehén a una mujer de nombre Helen Grant.

 

Por citar otra película, que había sido adaptada de uno de sus relatos, está la no tan conocida Ministerio del miedo (Fritz Lang), curiosa por su puesta en escena original, con una serie de elementos impropios en el género, una feria, un pastel, un concurso, un tren, unos tipos raros y otro que había salido de un manicomio.

E incluso, alejándose en algunos detalles de lo que se entiende como el femme fatalle sería necesario recordar un título emblemático La Dalia Azul (George Marshall). Aquí, se cuenta la historia de un soldado que al regresar de Europa, de luchar en la Segunda Guerra Mundial, descubre que su mujer, Helen, había encontrado calor en otro hombre. Johnny se enfada y se va, aunque al aparecer muerta su mujer al día siguiente, se convierte en el principal sospechoso, por lo que empezará a buscar al asesino con la ayuda de Joyce, Verónica Lake.

- Esto es un adiós. Y me cuesta decirlo.

-¿ Y porqué? No me había visto nunca antes de esta noche.

- Todo hombre te ha visto alguna vez... en alguna parte. Lo difícil es encontrarte.

Argumento que debió gustar mucho a los guionistas de los años cuarenta, pues este mismo esquema se repite en otras tantas producciones de la época. Un ejemplo sería La dama desconocida (Scott Henderson), con un protagonista masculino convertido en el sospechoso del asesinato de su esposa, después de encontrarla muerta en su casa. El tendrá una coartada, o no, porque no consigue dar con la mujer desconocida con quien había pasado todo el tiempo.

A medio camino entre una historia de aventuras marinas y cine negro, una de las rarezas del género es El lobo de mar (Michael Curtiz) en donde encontramos a Ida Lupina, John Gardfield y Edward G. Robinson, a bordo de un barco de nombre Gosht, aunque los identificamos más con el cine negro que con cualquier otro género.

Mientras que el cine de aventuras se conforma con registrar los momentos más intensos y dinámicos a la vez que sus personajes logran los objetivos, el género negro se detiene en explicarnos las circunstancias más allá de la pura historia, para acercarnos incluso a las consecuencias de dicho argumento. Podría decirse que el género de aventuras es “un viaje de ida y vuelta”, pero algunos relatos sobre ciertas epopeyas presentan los efectos que se producen al entrar en contacto con el horror, como por ejemplo en El corazón de las tinieblas, algo indisociable de la naturaleza humana, con la imposibilidad de volver a ser la misma persona después de haber visto o aprendido algunas cosas. Esta es la idea fatalista que impregna buena parte de la atmósfera de muchas películas del cine negro y con el cineasta John Huston como uno de los principales representantes de su vertiente más incidiente. Donde alguien se introduce en un lugar laberíntico o cae preso en una tela de araña de la que debe huir, algo de lo que tiene también El lobo de mar.

En una acción que tiene como escenarios ambientes urbanos y con una línea muy sutil entre buenos y malos, el cine negro ha evolucionado hasta la época actual sabiendo conservar el mismo estilo, sabor y reglas del género. Si Fuego en el cuerpo (de Lwarence Kasdan) fue una versión no declarada de Perdición (Billy Wilder), en otras ocasiones el remake se hace oficial llevando a la pantalla un clásico de los años cuarenta con la última película centrada en la obra de James M. Cain. El mismo director, Bob Rafelson, volvería a revivir esta época con uno de sus personajes que se harían emblemáticos, el detective Phillip Marlowe, creado por la pluma de Raymond Chadler y que fue interpretado por James Caan. Se trata de una nueva versión que ya fue llevada a la gran pantalla en El sueño eterno, aunque en aquella ocasión con el gran Humphrey Bogart metido en la piel del personaje.

  


En los noventa fueron muchos los que viajaron en el tiempo para retratar este mundo ambiguo de gansters y detectives, como sucedía en L.A. Confidencial, del que tomamos el siguiente diálogo como ejemplo, entre los personajes interpretados por Rusell Crowe y Kim Basinger:

- ¿Matar forma parte de su trabajo?.
- Sí.
- ¿Y le gusta?
- Cuando se lo merecen.
- ¿Y hoy se lo merecían?.
- Igual que la media docena de hombres que se ha follado hoy.

Los hermanos Cohen han revivido en más de una ocasión la edad dorada del gansterismo con una impresionante presentación artística y el buen hacer de la pareja (Muerte entre las flores), e incluso rodaron en blanco y negro una película de chantaje, adulterio y asesinato (El hombre que no estuvo allí) ingredientes muy habituales en el cine negro. Hasta el mismo Woody Allen, ha filmado en clave de comedia su particular visión de este género, en donde un ganster (Chazz Palmintieri) poseía tantas vivencias como para participar en una obra de teatro (Balas sobre Brodway) y a una mujer fatal siempre se le debía hacer una ingeniosa réplica (La maldición del escorpión de jade):

- Había hombres más atractivos, atléticos y musculosos.
- Quizás pueda marcarme algunas flexiones antes de que usted llegue.

En otras ocasiones, sin alejarse de los tiempos actuales, adaptan a los días de hoy esquemas similares. Entre estos directores, encontramos como destacados a John Dahl y Quentin Tarantino con su película Pulp Fiction. La segunda película de Dalh, Red Rock West, se trata de un largometraje mediocre y con pocos alicientes originales, donde aparece un Dennis Hopper en bastante decadencia, al lado de Lara Flyn Boyle. Sin embargo, sería en La última seducción cuando enfoque a la naturaleza de Linda Fiorentino como si tratase de una mantis, una viuda negra, fría, calculadora e inteligente al servicio de la avaricia material del dinero. Esto le lleva a seducir a dos hombres que caen en las redes de su obsesión por el sexo sucio, como ejemplo de erotismo vamp. De hecho, el crítico Guillermo Cabrera llega a compararla con una “Eva con la manzana entre las piernas”.

Última actualización el Martes, 12 de Febrero de 2008 21:18