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Escrito por Gonzalo Gala   
Viernes, 28 de Marzo de 2008 19:09

Sus personajes están muy cuidados y no “a golpe de hacha y martillo”, como decían algunos críticos. Un John Wayne, primerizo, pero con proyecto para el futuro, que representaba la fantasía del director, y lo hacía guardando su imagen hasta los veinte minutos, cuando la historia ya había empezado, con un fotograma espléndido, cuando aparece de pronto su imagen, empuñando el rifle, gracias a un travelling.

  En la presentación, en un plano general, ya empieza a mostrarse el suspense entre ellos, como cuando Pickaeut coge su maletín de muestras ante el honrado médico borracho, para pasar luego a planos cortos.  A estos les acompañan personajes secundarios característicos de Ford, como el jugador (interpretado por John Carradine, padre de David Carradine) y el cochero, con esa voz tan aguda. El banquero es otro de los personajes claves del director, por representar el poder; o el de Thomas Mitchell, el del alcohólico de sus películas, propio de sus personajes “malditos”, con un travelling “moral”, muy shackespiriano, al principio de la película, cuando avanza por la calle -junto a Dallas (Claire Trevor), la prostituta que había sido expulsada del pueblo-.  Las comidas eran muy importantes porque definían las diferencias de clases y la hipocresía social, lo que se refleja también en el pueblo del final, en cómo se apartan del pueblo normal para llegar a la zona donde estaban los prostíbulos.

Al principio, la productora United Artist pensó en otra pareja protagonista, en Gary Cooper y Marlene Dietrich, que años antes habían trabajado en la película Marruecos. Sin embargo, no sería posible pensar en el éxito de la película sin John Wayne y Claire Trevor, la pareja con una relación casi única en Ford, pues no volvería a repetirse en ninguna otra película del director, ni en  Centauros del Desierto, en donde casi mató al personaje femenino de Natalie Wood. Podemos encontrar otra relación intensa entre la pareja protagonista en La pasión de los fuertes, gracias sobre todo a la talla de una actriz como Mauren O’Hara.

Hay rasgos interesantes de la personalidad, e incluso de la “educación”, como ocurre por ejemplo al mostrar la caballerosidad que presenta Wayne con la chica, contrapuesta con el auténtico caballero e incluso con el personaje del mexicano, cuando ve que su esposa se había escapado.

- Le daba de latigazos y nunca se quejaba.
- ¿A su mujer?.
- ¡No a la mula!. Otra mujer puedo encontrarla, pero una mula como esa, no.

Es posible que hoy pueda criticarse a la película el hecho de que estos personajes parezcan simples arquetipos: el héroe falsamente acusado, la esposa fiel, el médico borracho; el banquero arisco, preocupado sólo por sus negocios, la prostituta honesta, o el caballero, jugador, forjado en las filas del ejército; pero para la fecha de 1939, pocos western reflejaban esta realidad social. Lo que en realidad ocurre, es que este esquema se observa en la propia planificación del director, ciertamente simple -y a la vez compleja- de presentar unos hombres en un ambiente que los hace verse entre ellos, tal y como son en realidad. Sin embargo, el filme de John Ford, termina siendo un viaje iniciático, que acaba en negro, con la inmensa elipsis del tiroteo, de la misma manera que la Odisea o El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, que inspiró a Apocalipsys Now.

 Estilísticamente gustó tanto a Orson Welles que llegó a confesar que él aprendió cine después de ver cuarenta veces La diligencia, pero en cierto modo, Ford no hizo más que presentar un estilo narrativo que depuraría en películas posteriores, y según algunos críticos, más brillantes que esta: Pasión de los fuertes, Centauros del desierto y El hombre que mató a Liberty Wallace. Fueron sus movimientos de cámara, los encuadres precios, su profundidad de campo y su capacidad para manejar la cámara en un espacio tan pequeño, como el interior de la diligencia, lo que fascinaría al director de Ciudadano Kane. En realidad, emplea los grandes angulares para presentar la grandeza de Monument Valley, frente a los primeros planos con los que quiere destacar el interés e intimidad humanos. En lo que respecta a los movimientos de la cámara, y en especial en la escena del ataque indio, fue novedosa su técnica de dirigir el traveling de la cámara en dirección contraria a la diligencia. Técnica criticada entonces, a pesar de ser el canon imitado hasta la saciedad en los futuros western. Pero, uno de los elementos que caracterizan a su estilo visual está todavía por perfeccionarse en la película; me refiero a la salida del campo por la puerta, situada al fondo del encuadre, con un profundo tono expresionista, que tan conocidísimo nos resulta en Centauros del desierto.

 Otro de los detalles que más interesa en La diligencia es como miran los actores (sobre todo Thomas Mitchel y John Wayne), que miran fuera del encuadre. Hay un plano maravilloso de miradas en la escena de la diligencia, en el momento de la tormenta de polvo, entre Claire Trevor y John Wayne, con el sombrero calado hasta las cejas. Casi parece que presenta a Ringo Kid (J. Wayne) como un ingenuo, que acababa de salir de la cárcel, y que no reconocía al personaje femenino como prostituta hasta el final: “No se puede salir de la cárcel y entrar en sociedad inmediatamente”, había dicho en una secuencia anterior.

 La planificación de la película podría dividirse en dos partes: el viaje, en sí, y la persecución; la escena final en el pueblo, fue rodada antes que la del ataque de la diligencia por parte de los apaches, y puede entenderse como un epílogo. En la primera, hay un destacado interés por presentar bien la agresividad como el compañerismo de los personajes, para reservar la acción y la violencia explícita para la escena de la persecución; y regresar al anterior estilo narrativo en su conclusión. Así, hay entender, por ejemplo, la elipsis del tiroteo. Seguramente, el desenlace resulte ser una premonición de uno de los finales más conocidos del cine, el de Casablanca, cuando quedan solos dos de los personajes cómplices de la película.

 Uno de los mejores momentos es la escena de la persecución, y en concreto cuando el extra - que hace de indio - se lanza hacia el caballo y luego pasa por debajo de la diligencia; el mismo especialista que hacía de doble de John Wayne, saltando hacia los caballos para recoger las riendas. Esta fue filmada en uno de los lugares más emblemáticos de Monument Valley, el llamado Muroc Dry Lake, rodada con unos planos, luego muy imitados, poniendo la cámara en una zanja con un travelling. Las caídas de los caballos fueron otro de los puntos más complejos y uno de los que dieron más quebraderos de cabeza a su director. Los snuts (los jinetes especialistas) no tenían la habilidad suficiente como para hacer creíble las caídas, y Ford emplearía una técnica bastante usual en los primeros western: tender unos cables para que los caballos tropezasen y cayesen realmente. El posterior Sam Peckinpah era bastante aficcionado a este tipo de tácticas, e incluso en una de sus películas despeñó a un caballo por un barranco para hacer más creíble su escena.

 En cuanto a los indios, podemos encontrar semejanzas, en esta película, con el comienzo de Ford Apache:
 - “Apaches”.
 - “Si los ha visto, es que no son apaches”.

 Los indios aparecen “dignamente” tratados, e incluso la primera palabra acerca de ellos es “Gerónimo”, uno de los más conocidos entre los apaches, y cuyo actor era realmente de origen apache; el resto pertenecían a los navajos, y el director casi los ponía en plantilla. En la realidad, había una buena amistad entre John Wayne y los navajos, e incluso se conoce una curiosa anécdota de que el actor fletó un avión con víveres y dinero cuando el pueblo se vio aislado por una fuerte nevada. Por su parte, la diligencia empleada en la película es una reproducción exacta de una Concorde, que estaba en circulación a mediados del XIX. Esta no era una de las diligencias más grandes, había algunas que llegaban a tener un asiento central. Esta sería de las normales, y las anteriores, las de lujo, con capacidad de hasta dieciséis personas. Y en la realidad, en los apeaderos, existían caballos de refresco, cuyo número aumentaba en las zonas de mayor peligro de indios.

 Ford podría pasar por ser el director con mayor obras maestras a su espalda, pero La diligencia, que fue nominada con siete Oscars, resultó ser la gran perdedora de ese año. Habría que tener en cuenta que 1939 fue el año de Lo que el viento se llevó (otra cinta de época) que llegaría a ser la más galardonada -con sus 9 Oscars- hasta Ben-Hur. Lo curioso es que Thomas Michell - el divertido Doctor Boone - ganó el reconocimiento y la fama, que se le había negado en su más famosa interpretación, como el padre de Scarlett O’ Hara.

 No obstante, es una obra maestra indiscutible. Fue imitada hasta la saciedad, incluso en filmes de trenes. Elevó el western a género cinematográfico de calidad, y lanzó al estrellato a sus dos grandes figuras, que nunca más volverían a separarse: John Ford y John Wayne, quien sería su actor fetiche y quien representaba, en sus películas, el hombre de acción, como Henry Fonda, el hombre de conciencia. También La diligencia supuso el descubrimiento del paisaje desértico del “Valle de los Monumentos”, un lugar mágico para los navajos y el decorado del “correcaminos”, del que Ford sacaría un gran partido.

 De ahí que fuera una película con una tremenda popularidad que, sin embargo, estuvo a punto de perderse en el olvido, sino fuera porque el propio Wayne entregó la copia que tenía en su poder, allá por los años setenta. Una suerte, porque el remake que se hizo en 1966 - con un Bring Crosby, en el papel del médico borracho Boone- no era ni un pálido reflejo de la cinta de Ford: se perdió el tratamiento psicológico de los personajes, el conflicto dentro del grupo o el tratamiento perfecto de los detalles y miradas.