AREOLibros

 Casa Desolada.

Nueva edición del clásico de Dickens con una presentación elegante y cuidada a cargo de Valdemar. La edición incluye multitud de notas del traductor para quien se interese por conocer los referentes sociales y de constumbres del contexto histórico en el que transcurre la novela.

AREOComics

 En busca del tiempo perdido. A la sombra de las muchachas en flor.

Segunda entrega de la adaptación gráfica de la novela de Marcel Proust, con un dibujo estilo Hergé que recrea cuidadosamente el entorno precido y evocador en el que transcurre la novela.

AREOMusica

 The Show.

Lenka es una cantautora pop australiana que ha participado con sus canciones en bandas sonoras de series de máxima audiencia en EEUU como Anatomía de Grey o Betty, y que ha reunido en este album debut.

Educación vial PDF Imprimir E-mail
Escrito por ferdinand   
Sábado, 17 de Febrero de 2007 17:22

A buen seguro, se trataba (me refiero de nuevo al “fenómeno precioso”) de algo que la ciencia habrá explicado ya con claridad, de esa manera tan delicadamente fría con la que acostumbra a aumentar nuestro conocimiento del mundo. Pero como yo soy tan insuperablemente lego en tantas materias, me limitaré a describir las sensaciones que tuve, ya que ni soy científico, ni aspiro a serlo.

El sol de las dos y poco se dirigía a su cita con el poniente. El azul del cielo invitaba a la ralentización del tempo corporal. Unas nubes difuminadas, incapaces de reflejarse en el mar, completaban el panorama. Abrí un poco la ventanilla de la izquierda para ventilar el interior del habitáculo polvoriento de mi coche. La misma canción con la que había iniciado la jornada me acompañaba (nunca podré agradecer suficientemente los descubrimientos musicales que me depara El Areópago; aunque sólo sean, la mayor parte de las veces, melodías y ritmos aislados, a mí me son de gran utilidad). Mi cigarrillo sabía a optimismo, y sonreí mientras trataba de acomodarme mejor en el asiento para que el diseño de la carrocería no me impidiera contemplar la belleza del momento. Las carreteras que transcurren cerca de la costa y a la altura suficiente como para permitir una vista generosa del mar, deberían estar absolutamente cerradas para todas las personas que no han sido capaces en su vida de disfrutar de la conducción. Deberían, incluso, cerrarse al tránsito en vehículos motorizados y estar plagadas de señales de prohibición de circular a más de diez kilómetros por hora.


Animado por los acontecimientos, reduje la marcha y me dispuse a observar cómodamente el sol, de aspecto menos agresivo al permanecer semioculto tras el visillo blanco de las nubes. Emití algún sonido indescifrable de felicidad, (de esa casi tonta felicidad que nos asalta en momentos tan aparentemente banales como el que nos ocupa), cuando me percaté de que no era un solo sol el que nos iluminaba. Eran dos.

El segundo sol del que hablo estaba más hacia el este del que conocemos. El habitual permanecía redondo en la parte superior izquierda de la ventanilla que daba al mar. El nuevo sol, cuyos aspectos describiré en seguida, venía a presentarse en la mitad superior del cristal de la misma ventanilla. La primera forma que le adjudiqué era la de una mujer sentada que, por ejemplo, estuviera leyéndole alguna historia al sol. Quizás no estuviera leyendo, sino pensando en la forma de mantenerse viva, a pesar de los vientos que corren por las alturas y del inexorable movimiento de las masas ligeras que embellecen la atmósfera. Hago notar que no se trataba, como alguien puede estar pensando, de una vulgar nube cuya apariencia hace trabajar a nuestra perezosa imaginación: brillaba con la misma intensidad que el sol, y a la altura de sus rodillas flexionadas, podía verse perfectamente una curvatura irisada.


La mujer desapareció, muy a su pesar y al mío, dejando paso a un cuadrúpedo indefinido que se dirigía en diagonal a zambullirse en el agua que esperaba remolona abajo. Mientras creía que se acercaba al siempre purificador contacto de las aguas saladas, fue perdiendo el brillo que había sido capaz de robarle al sol (estoy convencido de  que, en realidad, fue la mujer la que se lo robó), hasta desaparecer para siempre.


Y yo regresé, entonces, a la velocidad habitual de mi vida; dando un volantazo para que mi coche no acabara estúpidamente el viaje con un trailer maravilloso, antes del tan cacareado pase a gran velocidad de la película de mi vida.


Si observan, no conduzcan. Pero no se conduzcan sin observar. Jamás.

 


¿Desea saber menos? Andonse pulse AQUÍ
Última actualización el Sábado, 17 de Febrero de 2007 17:25