AREOLibros

 Casa Desolada.

Nueva edición del clásico de Dickens con una presentación elegante y cuidada a cargo de Valdemar. La edición incluye multitud de notas del traductor para quien se interese por conocer los referentes sociales y de constumbres del contexto histórico en el que transcurre la novela.

AREOComics

 En busca del tiempo perdido. A la sombra de las muchachas en flor.

Segunda entrega de la adaptación gráfica de la novela de Marcel Proust, con un dibujo estilo Hergé que recrea cuidadosamente el entorno precido y evocador en el que transcurre la novela.

AREOMusica

 The Show.

Lenka es una cantautora pop australiana que ha participado con sus canciones en bandas sonoras de series de máxima audiencia en EEUU como Anatomía de Grey o Betty, y que ha reunido en este album debut.

La Conquista de América (I) ¡Viva la iniciativa privada!. La escuela de Chicago, hace 500 años. PDF Imprimir E-mail
Escrito por Belial   
Lunes, 19 de Febrero de 2007 13:10

Pero obviemos si es posible esta tontería, suponemos que provocada por el excesivo consumo de Viagra,  y dejemos tranquilos a los pobres vikingos, para centrarnos en otra frase no menos jugosa. Dice de la presencia española en América que "no tengo admiración por esas hordas que fueron a destruir". En esta frase, el abuelo Jacques, en pro del hermanamiento de los pueblos europeos, ha reavivado uno de los grandes éxitos del hit parade de la Leyenda Negra; el de la conquista de América. Y además, minusvalorando el principal producto exportador europeo a lo largo de su historia; las hordas destructoras.

Trad (cortesía de Didius): "Los jóvenes que hacen política me son infinitamente simpáticos pero, sobre todo, cuando la hacen fuera de Francia"  Traducción (cortesía de Didius): "Los jóvenes que hacen política me son infinitamente simpáticos pero, sobre todo, cuando la hacen fuera de Francia" 

La figura del conquistador español y la empresa de conquista despiertan aún hoy las más vivas pasiones, tanto a favor como en contra, entre académicos y entre la gente de la calle. Para unos, se trata de una horda de criminales, que en las más extremistas de las interpretaciones poco menos que cometieron un genocidio peor que el Holocausto; para otros, son una especie de caballeros andantes,  héroes temerosos de Dios que llevaron la civilización a los salvajes americanos. Mezclémoslo con nacionalismos e indigenismos de todo tipo, y obtendremos un cóctel explosivo. En el fondo, todas estas histerias y  posturas maximalistas, no son más que el agrandado reflejo de la ambigüedad de estos personajes. Y esta ambigüedad, tan típicamente humana, es la que hace más atractivo y polémico este episodio histórico, que tuvo lugar en condiciones extremas. Aprovecharemos la oportunidad que nos brinda Chirac para ver quiénes eran en realidad estas hordas, los porqués de tanto jaleo a cuenta de ellas y de paso derribaremos algunos mitos, que siempre hace gracia y es entretenido. 

A diferencia de los vikingos de Chirac, cuyo apoteósico descubrimiento de América sólo conocieron algunos de ellos, y que encima abandonaron poco tiempo después, tras los viajes colombinos nadie dudaba que la Corona española había llegado a Las Indias para quedarse. Porque los españoles las llamábamos las Indias, con un par, aunque el resto del mundo lo conociese por América. Continúa así el ciclo de la expansión europea por el mundo, iniciado por los pobres portugueses, esos olvidados de la  Historia. Muy pronto, la magnitud de las tierras descubiertas fue tan enorme que desbordaba las posibilidades de la Corona para tomar posesión efectiva de ellas (la nominal no se cuestionaba, una  vez sancionada por el Papa). Así que Isabel y Fernando, tras pagar la factura de los viajes del Almirante y quedarse como la mayoría de las familias españolas actuales cuando deciden comprar un piso, optaron por una solución que haría mojar las sábanas a cualquier liberal neocon moderno que se precie; la privatización masiva de la empresa de Conquista. En pocas palabras, que la pague otro. 

En plena fiebre privatizadora, la Corona iba ofreciendo a particulares lo que se conocía por Capitulaciones. En ellas se le encomendaba al Adelantado, que es como se llamaba al adjudicatario, la  tarea que debía realizar; de exploración, conquista o rescate (así se llamaba al comercio) y contenía las instrucciones necesarias que debía cumplir. Se le indicaban las zonas y las acciones a realizar,  las prebendas y ganancias a las que tenía derecho y se le otorgaban los poderes oportunos para  desempeñar la misión. La Corona cedía al Adelantado la parte del botín que encontrase, excepto el quinto real que se reservaba, y vagas concesiones sobre tierras o indios, que más adelante veremos en qué quedaban. Ni que decir tiene que todo el proceso de obtención de Capitulaciones estaba teñido del habitual amiguismo, pues el interesado debía venir propuesto por la Casa de Contratación, y de enconadas luchas a brazo partido por los privilegios que comportaba, como la que sostuvo Colón por mantener su monopolio de las Capitulaciones, que le quitara el cardenal Fonseca.  

Ya con la carta bajo el brazo, nuestro subcontratado tenía que hacerse cargo de organizar la empresa. Obviamente, para poder conseguir todo lo necesario, en primer lugar debía buscarse socios que le aportaran el capital y material imprescindible para armar los barcos, comprar las vituallas, y todos los gastos que conlleva la logística. Que no era barata, por cierto; una carabela diseñada para travesías oceánicas era una de las piezas tecnológicas más avanzadas de la época. Además, tenía que ocuparse de reclutar a los expedicionarios, los cuales se traían su propio equipo a cambio de su correspondiente participación en el futuro beneficio, por lo que se convertían también en parte de la sociedad. A veces estas sociedades adquirían formas muy complejas, puesto que el Adelantado podía simplemente encargar la expedición a otro, con lo que el capitán que la dirigía se convertía en la subcontrata de la subcontrata, como fue el caso de Hernán Cortés. Así  que normalmente, cuando ya estaba todo listo para partir, el Adelantado se encontraba endeudado hasta las cejas, habiendo comprometido todo su dinero, y con el pago de la expedición pendiente de lo que encontrase. Los socios a su vez, habían prestado el dinero con la esperanza de recuperarlo con beneficios si la empresa tenía éxito. Verdadero capital riesgo, pero de mucho, mucho riesgo.  

Por otro lado, no hay que ser una lumbrera para darse cuenta de que Isabel y Fernando hicieron el negocio del siglo. La Corona, en poco más de 50 años, controlaba unos territorios más grandes que toda la Europa de la época. Y todo ello con la participación de no más de 7.000 hombres. Le salió además terriblemente barata, puesto que a cambio, sólo concedían el posible botín, que no poseían, y del cual recibían el 20% sin hacer absolutamente nada.  

En la siguiente entrega explicaremos quiénes eran estos tipos y cómo es posible que pudieran lograr  semejante hazaña, atrevámonos a decirlo, sin paralelo en la historia del mundo.

Última actualización el Domingo, 12 de Octubre de 2008 21:06