Compartiendo un colchón Imprimir
Escrito por Noble Novitzki   
Miércoles, 16 de Julio de 2008 22:07

Con un suspiro se echó hacia atrás sobre el colchón perfectamente arreglado.

Puso recta la mano izquierda y la deslizó por debajo de la cintura del pantalón y la ahuecó sobre el escroto. Era un reflejo automático, como el de flexionar el brazo derecho para deslizarlo por debajo de la cabeza, proporcionando, de este modo, la palanca necesaria para echar un vistazo a la puerta del cuarto de baño, a través de la habitación contigua.

Notó un surco en el testículo derecho, cerca de la base. Siempre había estado allí, y años atrás le había preocupado. Un chico de dieciséis años, sentado en la bañera mientras lee a Kafka, puede llegar a preocuparse por casi cualquier cosa. Ahora las preocupaciones eran diferentes, aunque parecían similares: indicios de michelines que salían al sentarse o al estar de pie, la evidencia de que el pelo estaba en retroceso, y pequeñas y ásperas zonas parecidas a costras que aparecían acá y allá cuando se sentía nervioso.

Durante todo el día anterior se había preocupado... no sobre aquellas cosas sino por la posibilidad de otras preocupaciones aún por descubrir. Ella se había mostrado serena, quizás un poco distraída, aunque había sido fácil hacer que volviera a la conversación con el mínimo gesto, recobrando su buen humor con una dulce sonrisa.

Se imaginó caminando con ella por el centro hacia el final de la hora punta. Atardecía, y el éxodo simultáneo de varios autobuses insinuó el silencio y el abandono que pronto llegaría, surgiendo una ciudad fantasma de lo que había sido una bulliciosa ciudadela. Era menuda, de piel suave, y lo suficientemente hermosa como para ser apreciada a corta distancia. Su manera de andar era acompasada y silenciosa -muy diferente de su extraño deambular- y apenas había vestigios del movimiento de las piernas dentro de la falda. Parecía espiritual, aunque estaba seguro de que ella no habría estado de acuerdo con tal descripción. La gente parecía espiritual cuando sólo se permitían preocuparse por las problemas adecuados... no por los recuerdos. Recordó una frase: Danos valor para aceptar las cosas que no podemos cambiar.

En el caso de ella, una preocupación pertinente era la película que habían visto la noche anterior.

Casi había sido un visionado privado, ya que todos los demás en la sala eran chilenos y se reían en los momentos menos oportunos de una inquietante sátira del hombre estadounidense. O mejor, se reían en momentos distintos, quizás debido a diferencias en los subtítulos, o porque se había parodiado inconscientemente algún aspecto del hombre chileno.

Ella se encontraba claramente confusa por todo el asunto y se podía palpar el pánico. Al principio estaba tranquila, pero tras quince minutos de paseo explotó llena de emoción.

-Había algo allí extraño. Me siento fatal.

-¿Cómo si hubieses sido violada?

-No, violada no, pero tenía momentos demasiado crudos. No tiene sentido. ¿Qué significa? ¿Qué quieren que sienta la gente?

A menudo era bastante precisa a la hora de expresar sus sentimientos, pero durante diez minutos continuó del mismo modo, sin ser capaz de especificar aquello que le molestaba. Era puro sentimiento, sin recato e indómito. Y entonces, tan de repente como había comenzado el pánico, se acabó. Podría haber llorado de un momento a otro, pero en vez de eso su voz se fue apagando y de nuevo estuvo serena, sin rastro de la desazón.

Él aún pensaba argumentos para defender la película cuando se dio cuenta de que señalaba una fila de bares y le preguntaba si quería entrar en alguno. Estaban de pie a distancia equidistante de tres puertas diferentes, todas conducían a bares que estaban en la planta superior, a la vez les llegaron tres diferentes baladas rock de los ochenta. Mientras ascendían sintió que el pene se le endurecía en cuestión de segundos y comenzó a rozarse con la cremallera. La sensación era más fuerte de lo normal, pero no era agradable. Una vez sentado, sus ojos se descentraron y movió los dedos con nerviosismo por montañas de cera pegada a la mesa.

Su cita, la judía, estaba reclinada sobre la silla y se ajustaba las gafas. Se dio cuenta por primera vez de que estaban teñidas de un color púrpura eléctrico. Para la mayoría de los que pasaban, se imaginó, aquello sería la marca visual que la diferenciaba. Como la luz gris que habían utilizado en la película, o el agujero en la esquina de la manta, aquello era su pista visual para la memoria del mundo, su educado ofrecimiento de una simple estrategia mnemónica para aquellos que quisiesen recordar algo de ella más tarde.

Se bebieron dos pintas de cerveza clara sin que ninguno de los dos dijera nada de importancia. Puede que él hubiese vuelto a contar la historia de su compañero de piso sentado en el ordenador hasta las cuatro de la mañana mientras se descargaba películas pirata y se las grababa a los amigos. Puede que ella hubiese vuelto a enumerar las razones que tenía para creer que su editor era un gay que no había salido del armario.

Una mujer atractiva con un pliegue compacto de grasa en el estómago acentuado por una estrecha blusa rosa se sentó a su izquierda. El hombre que se sentaba en la mesa murmuró algo, solicitando de ella un cansado aunque afectuoso, "¡Mi amor!"[1] La mujer cruzó las piernas y las volvió a descruzar, y al hacerlo esculpió el tejido de sus tensos vaqueros con cientos de formas sugerentes.

-Estoy cachonda -dijo.

Era una voz que hablaba en inglés. Era su cita. Cruzó la mirada a través de la mesa donde los dedos de ella se posaban en los suyos, que escarbaban en la blanda cera en la base de la vela.

Mientras volvían a toda prisa al apartamento recordó la primera vez que se montaron juntos en el autobús y ella le dijo que cuando tenía seis años les había preguntado a sus padres -ambos profesores de matemáticas- qué pasaba tras la muerte. Nada, contestaron, simplemente dejas de existir. Se había pasada horas llorando mientras contemplaba su ser infantil en el espejo del dormitorio. Poco después, su padre comenzó a leer rutinariamente por las mañanas la página de obituarios del New York Times mientras lloraba con violencia, para después volver al trabajo tras diez o quince minutos. Entre sus colegas destacaba por su serenidad casi espiritual.

La intensidad de ésta y otras historias se confirmaban en las voluminosas entradas de su diario, escrito, en su mayor parte, en metafóricos versos libres. Tenía talento para desnudar las cosas completa e inmediatamente. Era por lo que nunca se demoraba, como él, mientras trataba de tomar valor para decir las cosas que habían de ser dichas. Escribía las palabras igual que vivía la vida: sin signos de puntuación.

Por primera vez aquel día, él se rió y confesó:

-Vayamos más despacio. Estoy empalmado.

-Bien -al principio pareció un cautivador comentario sin doble sentido, pero entonces ella rió también.

En casa, la cama estaba impecablemente hecha aunque rodeada de pelusas, signos reveladores de vivir en el centro de Santiago con un sistema de ventilación deficiente. Tosieron y adoraron el romanticismo de la escena.

Se acercó para darle un tierno beso que fue devuelto con tal inesperada violencia que la montura de las gafas le dejó una incómoda hendidura en al frente. Ella echó la cabeza hacia atrás para quitárselas mientras él trataba con esfuerzo, sin conseguirlo, de deshacerse de la zapatilla derecha, muy bien apretada. Se abalanzó de nuevo contra él, y el peso de ambos apretó su espalda contra el delgado colchón, hundiéndolo lo suficiente como para que notara el frío del suelo

Mientras recorría con la mano la camisa, notó un acordeón de huesos bajo la suave piel. Sintió, como si pudiera verlo -aún sin mirarlo-, el pálido color blanco de su costado.

Con una mano enlazada alrededor de su garganta y de la mandíbula, ella se echó hacia atrás y mostró los dientes -quizás demasiado. Él comenzó a desabotonarle la camisa, empezando por abajo, temeroso de que al quitársela pudiese despojar un momento crucial de elegancia. El ombligo era plano y él se puso tenso al recorrerlo con los dedos. No había un pequeño círculo a su alrededor, ni una pequeña protuberancia de carne a los lados. Simplemente un pequeño agujero, con la misma forma que dejaría una moneda.

Mostró los dientes de nuevo y terminó de desabrochar la camisa. Podía haber apagado la luz pero ella no se lo pidió.

En vez de eso le desabrochó los pantalones caqui, con un movimiento suave le bajaron hasta las rodillas y ella se inclinó por completo haciendo que el pelo rizado le hiciera cosquillas en el ombligo. Podía sentir el roce de sus dientes grandes y perfectos pasar de arriba abajo, de arriba abajo. Y vio -de nuevo sin mirar- que los grandes ojos de ella estaban tornados hacia arriba, mirándole. Él tenía los ojos cerrados, mientras pensaba, y se movían igual que en la fase MOR del sueño, agitados como una mano nerviosa. La bombilla desnuda que hacía las veces de lámpara en el techo traspasaba sus párpados tiñéndolos de un rojo sanguinolento.

Todavía pensaba cuando, se repente, se dio cuenta de que había aparecido un camarero para tomar nota del desayuno. Era de día. Recordó el trayecto silencioso en el coche, hacer la cama, oír cerrarse la puerta del baño y volverse a dormir sobre el colchón. Durmió lo suficiente como para soñar un poco.

¿Cuánto tiempo habían estado mirando el menú? Imposible saberlo e inútil intentarlo. Atesoró aquellos ensimismados momentos de silencio que precedían a lo que tenía toda la pinta de ser un almuerzo largo, momentos en los que normalmente pretendía estar estudiando las opciones del menú con atención.

Alzó los ojos y pidió con seguridad el desayuno de tres tortitas. (Casi siempre, cuando decidía en el último instante, elegía únicamente con respecto al precio, escogiendo la opción que parecía lo suficientemente cara como para incluir algún extra. Aquella mañana unas galletas, huevos y carne costaban sólo 4.50$.) Ella pidió un Amanecer Sano. Seguramente estaba compuesto por avena o yogur y fruta, pensó mientras el camarero tomaba nota. Ella extendió dos servilletas de papel para que los cubiertos no tocaran la mesa.

-¿Puedes traer uno de los saleros de las otra mesas? -le pidió con dulzura- Éste tiene humedad y está atascado.

No se movió.

-Ejem... Siento lo que pasó anoche -contestó tras un rato-. Es que me pongo nervioso con esas cosas.

Su mente voló hacia atrás, por un instante, y la vio limpiarse la boca y preguntarle si tenía algún problema y si ella podía hacer algo al respecto.

-Siempre me siento extraño cuando una mujer quiere...

-¿Quiere qué?

-Bueno, ¿no crees que hay una connotación machista, o violenta en ello? No es que nadie resulte violado, por supuesto, pero a la vez, no sé qué es lo que estás pensando cuando haces algo así por mí. No veo cuáles pueden ser tus razones, no sé si a ti te apetece.

-¿Qué te hace pensar que estaba haciendo algo por ti? En todo caso -soltó una risita- tú hiciste algo por mí. No me vas a salir ahora con que tienes algún tipo de problema, ¿verdad? ¿Vasocongestión testicular o algo por el estilo?

Mientras hablaba se alzó el cabello, mostrando poderosos mechones de tinte púrpura en los lados. Recordó cómo le fascinaron la primera vez que los vio un par de días antes. No era una mala técnica nemónica para recordar a alguien.

Ella habló de nuevo, y tembló mientras acurrucaba los largos y delgados brazos en su regazo. Por la postura parecía casi estar rezando. Un motorista en la mesa de al lado agarró el caso y se dirigió al aparcamiento.

-¡Lo siento, no me tomes tan en serio! Escucha, las lentillas me están matando. Me las voy a quitar. Tú conduces ¿no?

Comenzó a decir que no tenía allí el coche, pero se quedó en silencio, sin tener claro si iba a volver a hablar alguna vez. Cogió el salero, mostrándole que iba a cambiarlo, y ella se fue al cuarto de baño. Pensó en su nombre, era alemán y difícil de pronunciar.

Una vez que se sentó con el salero nuevo, pronunció el nombre pero no hablaba con nadie. Extendió el brazo para agarrar la libreta que ella había traído. Un anuncio fluorescente de Shiner Bock parpadeó por un instante sobre la barra pero no duró encendido mucho rato. Hojeó las páginas de la libreta.

Vio que había dibujos de vestidos y de vez en cuando un traje de hombre o unos zapatos. Algunos estaban coloreados. No había poesía, aunque a veces había una sola línea de texto, algo como "vestido de fiesta fin de curso."

Un camarero (cuya cara mostraba más de edad de lo que habría sugerido el aro que llevaba en el labio) llegó portando demasiados platos para su pericia. Casi saltó del susto al ver que la libreta se cerraba de golpe y la colocaba en el otro lado de la mesa.

-No estoy mirando lo que hace, joven -resopló-. Amanecer con yogur, un mollete, un zumo grande...

Moyete, había dicho el camarero. Tenía acento mejicano.

Comenzó con los huevos y terminó mucho antes que ella. Con el tenedor jugueteó con la yema, extendiéndola alrededor del plato.

-Tengo que irme pronto -dijo, el rostro se le enrojeció al recordar de nuevo el doloroso momento, el pene tornándose flácido y la consiguiente pregunta. ¿Tienes algún problema?- He de ir a ver a alguien.

-Me lo dijiste, parece maja. Creo que yo también debería irme si quiero llegar a casa esta noche. Me va a llevar unas cuantas horas solamente salir de Tejas.

Recorrió con la mano los mechones teñidos de su pelo y se inclinó esperando a que ella le besara. Ella apretó brevemente su mano y dijo algo que él le había enseñado la noche anterior.

-Hasta luego.[2]

Ambos se dijeron adiós, y entonces avanzaron en silencio hacia la caja registradora para pagar cada uno su parte.

Traducido por David Cruz Acevedo

Lee el original aquí

 

[1] En español en el original. (NdT)

[2] En español en el original. (NdT)